La Pérdida de la Ciudadanía y el Llamado Cristiano a la Justicia
El Departamento de Justicia tomó recientemente medidas para despojar de la ciudadanía a 17 estadounidenses naturalizados. La acción ha sido descrita como sin precedentes en su alcance e intención. Con independencia del mérito legal de cada caso, el acto en sí mismo —el desmantelamiento deliberado de la pertenencia— merece un escrutinio moral serio. No únicamente legal. Moral. Espiritual.
Los cristianos no pueden archivar esto sin más bajo la etiqueta de "asuntos de gobierno". Porque las preguntas que laten en el fondo de esta historia son antiguas. ¿Quién pertenece? ¿Quién decide? ¿Y qué revela una nación sobre su alma cuando extiende la mano a través de los años o las décadas para borrar la condición de una persona?
No son preguntas abstractas. Son las preguntas del Génesis, del Éxodo, del Sermón del Monte.
Lo Que la Ciudadanía Verdaderamente Representa
La ciudadanía no es una mera categoría legal. Es una declaración de pertenencia. Dice: eres uno de los nuestros. Tienes lugar aquí. Tu vida, tu familia, tu futuro —todo ello está tejido en este lugar. Despojar de eso no es una transacción burocrática. Es un acto profundo de ruptura.
Para los ciudadanos naturalizados en particular, esa pertenencia no fue heredada. Fue buscada con esfuerzo. Cruzaron barreras —lingüísticas, geográficas, burocráticas, culturales— para ganarse un lugar. Prestaron juramento. Renunciaron a lealtades anteriores. Apostaron su futuro a una promesa.
Cuando el Estado actúa para revertir esa promesa, hace algo que debería dar que pensar a todo cristiano: trata la identidad humana como provisional, revocable, supeditada a la aprobación gubernamental. Esa es una postura que las Escrituras no avalan.
"No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús." — Gálatas 3:28
Pablo no estaba redactando un documento de política pública. Estaba desmantelando la arquitectura de la exclusión. El evangelio, desde sus mismos cimientos, es una historia sobre la pertenencia que se extiende —no que se retira. Sobre muros que caen, no que se levantan. La iglesia primitiva se definió precisamente por su negativa a tratar la dignidad humana como algo que había que ganar ante los poderosos.
El Debido Proceso No Es una Idea Liberal — Es una Idea Bíblica
Algunos dirán: si estas 17 personas cometieron fraude para obtener la ciudadanía, deben perderla. Ese argumento no carece de lógica. El fraude es grave. El engaño en los procesos cívicos socava la integridad de las instituciones que protegen a todos.
Pero he aquí lo que la tradición cristiana exige: el proceso mediante el cual se administra la justicia importa tanto como el resultado. No se puede alcanzar un fin justo por medios injustos. Las Escrituras hebreas son incansables en este punto.
Proverbios 11:1 — "La balanza falsa es abominación a Jehová; pero el peso cabal le agrada." Las balanzas de la justicia deben estar bien calibradas. No solo en el veredicto, sino en el proceso de pesar. En la audiencia. En la atención prestada a cada caso individual.
Deuteronomio 1:17 ordena: "No hagáis distinción de persona en el juicio; así al pequeño como al grande oiréis." Los poderosos y los vulnerables deben enfrentar el mismo estándar de escrutinio —no una carga más pesada impuesta sobre los que ya están en los márgenes.
Cuando el Estado actúa contra 17 personas en lo que se describe como un avance sin precedentes, el instinto cristiano debería ser preguntar: ¿están estas balanzas equilibradas? ¿Recibe cada persona una audiencia genuina e individualizada? ¿Se respeta la presunción de inocencia? ¿Es el debido proceso real —o meramente formal?
Estas preguntas no son partidistas. Son pastorales. Son proféticas.
El Extranjero, el Forastero y la Teología de la Pertenencia
El Antiguo Testamento contiene más mandatos sobre cómo tratar a los extranjeros que sobre casi cualquier otra categoría social. La palabra para "extranjero" o "forastero" —ger en hebreo— aparece decenas de veces, casi siempre envuelta en el lenguaje de la protección y la hospitalidad.
"No oprimirás al extranjero; pues vosotros sabéis cómo es el alma del extranjero, ya que extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto." (Éxodo 23:9)
La ética de Israel hacia el extranjero estaba enraizada en la memoria. Recordaban lo que se sentía al ser apátridas. Al ser vulnerables. Al no tener condición legal en una tierra que podía explotarlos sin consecuencias. Ese recuerdo debía generar una empatía que se tradujera en política y en práctica.
América tiene su propia versión de esa memoria. Muchos de sus ciudadanos son hijos y nietos de inmigrantes que llegaron sin más que esperanza y la voluntad de pertenecer. El proceso de naturalización —con todos sus defectos— representa una extensión formal de esa tradición.
Cuando ese proceso se revierte para 17 personas en una acción coordinada, no afecta únicamente a 17 individuos. Envía una señal. Dice que la pertenencia es frágil. Dice que la puerta que se abrió también puede cerrarse —y cerrarse rápido. Esa señal recae con más fuerza sobre quienes ya se sienten más vulnerables.
El Poder, la Dignidad y la Tradición Profética
Los profetas bíblicos no guardaron silencio cuando los gobiernos ejercieron el poder con descuido contra los vulnerables. Isaías, Amós, Miqueas —fueron incansables en su crítica a los sistemas que aplastaban a los marginados mientras mantenían la apariencia de orden y ley.
Amós 5:24 es quizás el más célebre: "Pero corra el juicio como las aguas, y la justicia como impetuoso arroyo."
La justicia no es estática. No es un documento archivado en un tribunal federal. La justicia es dinámica, fluye, está viva —y exige una vigilancia constante frente a la tendencia del poder a servirse a sí mismo a expensas de los débiles.
El cristiano que lee las noticias sobre estos 17 casos de desnaturalización y simplemente asiente —aceptando el encuadre del gobierno sin cuestionamiento, sin oración, sin reflexión moral— no está practicando la fe de los profetas. La tradición profética exige que preguntemos quién se ve afectado, quién detenta el poder, y si los poderosos rinden cuentas ante un estándar más elevado que sus propios intereses.
Este no es un llamado a asumir la culpa o la inocencia en ningún caso concreto. Es un llamado a la vigilancia moral.
Nuestra Ciudadanía Está, en Última Instancia, en Otro Lugar
Hay una verdad más profunda que subyace a todo esto. Una que debería a la vez humillar y envalentonar al cristiano.
Filipenses 3:20 — "Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo."
Pablo escribió esas palabras desde la prisión. Sabía lo que significaba tener su condición legal cuestionada, su pertenencia impugnada, su identidad contestada por el Estado. Y sin embargo, su paz estaba anclada en algo que ningún gobierno podía otorgar ni revocar. Su identidad no dependía de la aprobación de ninguna administración terrenal.
Esa verdad debe liberar a los cristianos para abordar estas preguntas sin miedo y sin tribalismo. No necesitamos proteger a ningún partido político. No necesitamos performar el patriotismo ni performar la resistencia. Somos libres para simplemente preguntar: ¿es esto justo? ¿Es esto misericordioso? ¿Refleja esto la imagen de Dios en cada persona involucrada?
Porque cada una de esas 17 personas —independientemente de lo que se les acuse, independientemente del resultado legal— porta la imagen de Dios. La imago Dei no es una condición que pueda ser despojada por una acción ejecutiva. Está tejida en el tejido de su humanidad antes de que existiera ningún gobierno para tenerlos en cuenta.
Lo Que los Cristianos Deben Hacer Ahora
Orar. Parece obvio, pero es donde todo comienza. Orar por esas 17 personas y sus familias. Orar por los funcionarios que toman estas decisiones, para que la sabiduría y la mesura gobiernen sus acciones. Orar por los jueces que sopesarán estos casos, para que sirvan a la verdad en lugar de a la política.
Mantenerse informados —no para discutir en las redes, sino para dar testimonio. La comunidad cristiana tiene una larga historia de ser la conciencia moral de las naciones. Ese papel no desaparece cuando el asunto se complica.
Hablar con claridad sobre la dignidad humana sin disculpas. La imagen de Dios en una persona no está supeditada a sus documentos. La dignidad no se gana. Se recibe como don. Y toda acción gubernamental que no honre esa verdad merece ser nombrada —con gracia, con verdad, y con todo el peso de las Escrituras detrás de cada palabra.
Las balanzas de la justicia deben estar equilibradas. El extranjero debe ser protegido. Y la iglesia no debe guardar silencio mientras estas preguntas antiguas son respondidas únicamente por el poder.