Marta

La Devota Hermana de Betania

¿Quién fue Marta de Betania?

Marta era una mujer de Betania, una aldea en la ladera oriental del Monte de los Olivos, a poco más de tres kilómetros de Jerusalén. Los Evangelios de Lucas y Juan la presentan como hermana de María y Lázaro — un hogar que, según el Evangelio de Juan, Jesús amaba profundamente. Su nombre tiene origen arameo y probablemente deriva de marta, que significa "señora" o "dueña de casa", y su carácter en las Escrituras está a la altura de esa etimología. Ella es quien abre la puerta, quien pone la mesa, quien organiza y provee.

Marta aparece en tres escenas distintas de los Evangelios, y cada una añade una dimensión diferente a su retrato. Nunca es una figura secundaria. Habla directamente, discute, cuestiona y, en última instancia, profiere una de las declaraciones teológicamente más significativas de todo el Nuevo Testamento.

La Escena en la Mesa: Lucas 10:38–42

La imagen más conocida de Marta proviene del Evangelio de Lucas. Jesús visita su casa y, mientras su hermana María se sienta a sus pies escuchándole, Marta está absorta en las tareas de la hospitalidad — lo que Lucas describe como estar "distraída en muchos quehaceres". Ella se dirige directamente a Jesús: "Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me ayude."

"Marta, Marta, estás inquieta y preocupada por muchas cosas, pero solo una es necesaria." — Lucas 10:41–42

Jesús no reprende su servicio. Con delicadeza, nombra su ansiedad. El contraste que se traza aquí no es entre acción y fe, ni entre trabajo y valor — es una invitación a la presencia. Siglos de lectores se han identificado con la posición de Marta, y la escena ha generado un debate perdurable sobre la naturaleza de la devoción y el discipulado.

La Confesión ante la Tumba: Juan 11

El momento teológicamente más decisivo de Marta llega en Juan 11, tras la muerte de su hermano Lázaro. Al enterarse de que Jesús se acerca, ella sale a su encuentro — mientras María permanece en la casa. Sus primeras palabras llevan tanto dolor como fe: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto." Pero no se detiene ahí. Añade: "Pero también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará."

Lo que sigue es un intercambio directo con Jesús sobre la resurrección y la vida eterna. Jesús declara: "Yo soy la resurrección y la vida." Y Marta responde con una confesión que iguala — y en algunas lecturas supera — la gran declaración de Pedro el Apóstol: "Sí, Señor; yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que había de venir al mundo." No es una afirmación tímida. Es un credo, pronunciado en medio del duelo, antes de que ocurra el milagro de la resurrección de Lázaro.

Legado y Significado

Marta ocupa un lugar singular en los Evangelios. Es una mujer que acoge, que protesta, que llora y que confiesa — todo con la misma franqueza. La tradición cristiana primitiva la honró como santa y figura misionera. La hagiografía occidental la situó en la Provenza francesa, donde se decía que había predicado y domesticado a una criatura llamada la Tarasca — una extensión legendaria de su papel como quien enfrenta y somete el caos.

En la reflexión teológica, Marta ha representado durante siglos el arquetipo de la vida activa, contrapuesta a María como arquetipo de la vida contemplativa — una pareja que moldeó siglos de espiritualidad cristiana y pensamiento monástico. Pero reducirla al símbolo del ajetreo es ignorar el cuadro completo. Su confesión en Juan 11 la sitúa entre las voces de fe más elocuentes de todo el Nuevo Testamento. Ella sabía quién era Jesús de Nazaret — y lo dijo, sin rodeos, al borde de una tumba.

← Volver a la Biblioteca