El rey Acab

El rey más infame de Israel

¿Quién fue el rey Acab?

Acab, hijo de Omri, ascendió al trono del reino norte de Israel alrededor del 874 a.C., heredando una dinastía ya conocida por su astucia política y su poderío militar. Su padre había construido Samaria desde cero y la había convertido en una capital formidable. Acab amplió esa herencia, levantando lo que el texto bíblico llama una «casa de marfil», un palacio decorado con tallas de marfil cuya existencia ha sido corroborada por arqueólogos que han recuperado fragmentos de marfil en Samaria correspondientes a ese período. Por cualquier criterio político, su reinado fue uno de los más poderosos en la historia de Israel.

Sin embargo, los Libros de los Reyes no presentan a Acab como un monarca triunfante, sino como una figura de advertencia. El veredicto inicial es contundente: «hizo más para provocar la ira del Señor, Dios de Israel, que todos los reyes de Israel que le precedieron» (1 Reyes 16:33). Ese juicio tiñe todo lo que sigue.

Jezabel y el culto a Baal

El punto de inflexión en la historia de Acab — y la fuente de gran parte de su notoriedad — fue su matrimonio con Jezabel, una princesa fenicia de Sidón. La unión fue probablemente una alianza diplomática, práctica habitual en el mundo antiguo. Sus consecuencias religiosas, no obstante, fueron graves. Jezabel introdujo el culto a Baal y a Asera en el corazón de Israel, y Acab construyó en Samaria un templo y un altar dedicados a Baal. Los profetas del Señor fueron perseguidos sistemáticamente, y muchos murieron por orden de Jezabel.

Fue esta apostasía la que llevó a Acab a un enfrentamiento directo con Elías, una de las figuras más electrizantes de la Biblia hebrea. Elías proclamó una sequía sobre la tierra, se presentó dramáticamente ante Acab en el monte Carmelo e hizo descender fuego del cielo para humillar a los profetas de Baal en una de las escenas más vívidas de toda la Escritura. La relación entre Acab y Elías es un estudio en tensión permanente: el rey lo llama «perturbador de Israel», y Elías le devuelve el cargo sin rodeos.

La viña de Nabot y el precio del poder

Entre los episodios que definen el legado de Acab, ninguno es más moralmente preciso que el asunto de la viña de Nabot (1 Reyes 21). Acab codiciaba una parcela contigua a su palacio, propiedad de un hombre llamado Nabot. Cuando Nabot se negó a venderla — invocando su herencia ancestral, un derecho protegido por la ley israelita — Acab se sumió en el abatimiento. Jezabel tomó cartas en el asunto, organizó acusaciones falsas contra Nabot y lo hizo apedrear. Acab se apoderó entonces de la viña.

Elías lo encontró allí con un oráculo fulminante: los perros lamerían la sangre de Acab en el mismo lugar donde habían lamido la de Nabot. Cuando Acab se arrepintió públicamente, la sentencia fue aplazada, pero no cancelada. El episodio sigue siendo una de las condenas más agudas que la Biblia formula contra el abuso del poder real sobre los más vulnerables.

Muerte y legado

Acab murió en la batalla de Ramot de Galaad, alcanzado por una flecha perdida mientras combatía contra los arameos. Su sangre se acumuló en el fondo de su carro y fue lavada en un estanque de Samaria, donde los perros la lamieron, cumpliendo la palabra de Elías. El detalle queda registrado con sobria precisión en 1 Reyes 22:38.

Desde el punto de vista histórico, Acab aparece en registros asirios como una potencia militar significativa que aportó carros de guerra a una coalición contra Salmanasar III en la batalla de Qarqar en el 853 a.C. Era, según los criterios externos, un gobernante capaz. La Escritura, sin embargo, juzga a los reyes con una vara distinta. Su historia, junto a las de Jezabel, Elías y el profeta Micaías, forma uno de los retratos más completos del Antiguo Testamento sobre el poder, la profecía y sus consecuencias.

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