El Bautismo de Jesús

La Unción en el Jordán

Un río, un profeta y un punto de inflexión

Alrededor del año 28–30 d.C., un hombre de Nazaret se acercó a las orillas del río Jordán y se unió a las multitudes congregadas en torno a un ardiente predicador del desierto. Según los cuatro Evangelios, ese predicador era Juan el Bautista, y el hombre de Nazaret era Jesús de Nazaret. Lo que sucedió a continuación se convertiría en uno de los momentos de mayor peso teológico en toda la Escritura cristiana.

Juan había estado bautizando personas como rito público de arrepentimiento, llamando a Israel a prepararse para la llegada de alguien más grande que él. Cuando Jesús se presentó y pidió ser bautizado, Juan vaciló. Según el Evangelio de Mateo, protestó: "Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?" Jesús respondió simplemente que era necesario "cumplir toda justicia". Juan consintió.

"Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia." — Mateo 3:16–17

Lo que narran los Evangelios

Los cuatro relatos evangélicos coinciden en los elementos esenciales: la inmersión en el Jordán, el Espíritu descendiendo como paloma y una voz celestial de afirmación. Las variaciones son reveladoras. El relato de Marcos es el más breve y urgente — el Espíritu "en seguida" impulsa a Jesús al desierto. Lucas sitúa el bautismo en un momento de oración comunitaria, destacando que Jesús estaba orando cuando el Espíritu desciende. El Evangelio de Juan no narra el bautismo directamente, sino que recoge el testimonio de Juan el Bautista sobre haber visto el Espíritu posarse sobre Jesús, la señal que le habían dicho que buscara.

En conjunto, los relatos presentan el bautismo no simplemente como un lavamiento ritual, sino como un momento de comisión pública. Los cristianos lo interpretan ampliamente como la inauguración formal del ministerio público de Jesús.

El peso teológico del momento

¿Por qué una figura que los cristianos consideran sin pecado se sometería a un bautismo de arrepentimiento? La pregunta ha ocupado a los teólogos durante siglos. Padres de la Iglesia primitiva como Ignacio de Antioquía argumentaron que Jesús santificó las aguas del bautismo al entrar en ellas, transformando el rito para todos los que le seguirían. Otros han subrayado la identificación: Jesús entrando plenamente en la experiencia humana, situándose junto a los pecadores en lugar de por encima de ellos.

El descenso de la paloma resuena profundamente con las Escrituras hebreas. Evoca al Espíritu que se cernía sobre las aguas al inicio de la creación, y a la paloma que regresó a Noé tras el diluvio. La voz del cielo — "Este es mi Hijo amado" — entreteje el lenguaje del Salmo 2 y de Isaías 42, uniendo en una sola declaración la imagen del rey y la del siervo.

El bautismo establece también la estructura trinitaria que se volvería central en la teología cristiana: el Hijo en el agua, el Espíritu descendiendo, el Padre hablando. Los tres presentes. Los tres distintos.

Legado y significado perenne

El Bautismo de Jesús se celebra como fiesta litúrgica en muchas tradiciones cristianas. El tiempo de Epifanía lo marca como el cierre del ciclo de Navidad y la apertura de la vida activa de Jesús. Es el fundamento teológico del bautismo cristiano, el rito mediante el cual los creyentes a lo largo de los siglos han marcado su entrada en la fe.

El momento se conecta directamente con lo que sigue: inmediatamente después, Jesús afronta cuarenta días de prueba en el desierto, en el episodio conocido como la Tentación de Cristo. La voz de afirmación junto al Jordán es puesta a prueba casi de inmediato. Esa secuencia — la condición de amado declarada y luego probada — otorga al bautismo su pleno peso dramático y espiritual. No es un final. Es un comienzo.

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